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Mila Rodero

Visitar el estudio de un artista, charlar con él tranquilamente, y observar las esculturas que van a salir a escena en su nueva exposición, es un privilegio. Cuando entré en el santa sanctorum de David Lechuga me encontré un espacio que desbordaba estímulos y energía. La conversación que mantuve con él, y la contemplación y posterior análisis de las obras que habían salido de sus manos y de su cabeza, o mejor, de su yo más íntimo, me provocaron todo un cúmulo de sentimientos, sensaciones e ideas.

Lo primero que llama la atención de David Lechuga es su complexión y su estatura y, en alguna medida, su sencillez y timidez. Hablas con él y percibes que es muy fácil comunicarse. Transmite con rigor, por su sentido analítico, cuestiones sobre arte y sobre la vida. Sus inquietudes, a todos los niveles, te hacen recapacitar y mucho. Pero hay algo que a mí me sorprende, y lo digo desde el lado positivo, y es esa necesidad que tiene de saber quién es y cuál es el sentido de su existencia. Su vida, en mi opinión, se basa en preguntas y respuestas. De hecho él se define a sí mismo como “un buscador”, y esta palabra es lo que le mueve a actuar.

A mí se me parece enormemente a las esculturas que realiza por lo que cuenta y cómo lo cuenta. La madera, tal como la trabaja, le representa muy bien, y los temas que elabora, no sin cierta ironía, son hallazgos a esas preguntas que se formula constantemente.

Él dice que algunas de sus creaciones surgen de situaciones cotidianas que le hacen reflexionar sobre un comportamiento determinado. Esto es cierto, pero creo que si estas escenas le llaman la atención por su plasticidad, también es cierto que le sirven para expresar sus registros internos. Cada obra es una afirmación y un paso más en esa búsqueda que antes les comentaba.

La mayor parte de las esculturas son análisis de distintas facetas de la mujer. Para el artista la mujer es un ser lleno de misterio y seducción. Nos la muestra coqueta, sensual, atrevida, luchadora, con los pies en la tierra, que no tiene miedo de nada, que mira hacia delante, que utiliza su cabeza y que ésta tiene un control absoluto sobre el resto de su cuerpo. Pero, sobre todo, lo que apreciamos es una mujer fuerte: controla las situaciones y, por supuesto, sus relaciones con el hombre. La Camarera, claro ejemplo de esta idea, es un personaje que sugiere cierta complicidad e identificación. También en La luchadora del Price – inspirada en un recuerdo infantil, cuando iba con su padre al circo, se nos revela como una mujer plenamente convencida de quién es y lo que quiere.

Nuevamente la madera es el material protagonista de su última exposición. Le gusta trabajar con ella, entre otras razones para tener control absoluto de la obra, evitando así procesos intermedios de tipo industrial ajenos a él. Además, para David Lechuga, este material es muy versátil, cálido y ligero, próximo a él desde su infancia, con el que dialoga, que se deja querer y que le permite poner toques de color que, al igual que sucede con los tonos musicales, contribuyen a dar una mayor expresividad a su obra. Expresividad que también logra al no pulir la madera.

Construye sus figuras de dentro afuera partiendo de una tabla o elemento de madera que un buen día, sin saberlo ha atraído su mirada y le ha señalado, a modo de conquista, un camino a seguir. Este elemento le sugiere otro, y éste otro, y así se van ensamblando hasta crearse y sostenerse en el espacio unas obras sumamente sugerentes. La madera, bien sea pino, abedul o álamo negro, le va indicando cómo trabajarla, vestirla y policromarla, produciéndose una especie de cortejo amoroso entre ambos.

De las tres obras que sobresalen, no sólo por su tamaño sino por el lenguaje empleado, quiero destacar la que mejor refleja la personalidad del artista, El Estrábico. Es una obra grande, estable, sólida en su construcción y con ciertas reminiscencias constructivistas. Es una afirmación de su yo. En ella ha interrelacionado diferentes técnicas: el grabado, la pintura y el volumen. Las tres modalidades plásticas le van a servir para “contar” más sobre él. Es una escultura donde, en mi opinión, se cristalizan todos sus planteamientos existenciales. El espacio, sintiéndose atrapado, y que equivale a lo más íntimo de uno mismo, quiere ser visto y comunicarse con el exterior. Ha eliminado lo innecesario y ha creado formas geométricas que representan la parte más racional, y la más intuitiva o sensible del artista, mediante el rectángulo y la curva. O lo que es lo mismo, su parte masculina y su parte femenina.

Me llama mucho la atención en esta obra el color rojo. Un rojo de gran intensidad y aplicado sobre la madera de forma muy compacta. Este color nos habla de sufrimiento, dolor, pasión y vida. También, el hecho de utilizar la radial como herramienta incisiva en lugar de la gubia para conseguir mayor expresividad y textura, apoya esta idea. Estoy segura de que esta obra tiene una gran significación en nuestro artista, precisamente por lo que tiene de liberadora y catártica.

Por último decirles que en las obras de David Lechuga encontramos referencias al cubismo, el constructivismo, la escultura egipcia, los totems, la representación formal…, pero todo esto pasado por su tamiz e incorporado a su propia existencia. Trata de recuperar lenguajes de vanguardia y se mueve de forma muy natural entre la abstracción y lo que yo llamo “formas reconocibles”, pero no se decanta por ningún estilo. Se sirve de ellos dependiendo de lo que quiera expresar.

La exposición es muy interesante y plantea temas de reflexión, por supuesto con humor e ironía. Disfrútenla.